¿Por qué? ¿Para qué?

Desde hace mucho tiempo que estoy buscando un medio que me permita expresarme de manera totalmente independiente. Hoy, como están las cosas en nuestra sociedad, eso es muy difícil. Pero la tecnología ha venido a solventar esta dificultad.
Contamos con esta herramienta para hacernos escuchar y ver, para mostrar que estamos. Por eso, para eso.
Si alguien quiere participar, no tiene más que pedirlo, el blog es abierto a todos aquellos que quieran una escuela que responda a las demandas populares.
Acepto ideas, sugerencias, artículos para publicar, todo lo que crean que puede ser necesaria para que este espacio sea democrático y participativo.
Un gran abrazo a todos.

lunes, 24 de enero de 2011

PERTENECER

En mi artículo anterior hice un paréntesis para referirme al sentido de pertenencia.

Si hablo de un lugar X al que pertenezco, estoy hablando del espacio y de su entorno. El espacio físico puede variar, una oficina, un aula, una escuela, se pueden trasladar y yo sentirme que sigo perteneciendo al mismo. O sea que no construyo esta pertenencia con las paredes, lo hago con su entorno.

¿Y cómo está constituido ese entorno? Sobre todo por aquellos que ocupan el espacio, los que ocupamos el espacio, los que somos juntos en ese espacio. Somos algo en ese lugar, y porque somos algo es que sentimos que nos pertenece.

En el caso del maestro, sentimos que somos maestros porque ocupamos un lugar que se llama escuela y hacemos en ese lugar. Más allá de las características de la misma, somos eso que decimos ser porque accionamos, puede faltarnos el pizarrón, el escritorio, la tiza, el banco para el alumno, puede no haber agua, puede no haber baño o comedor, pero lo que no puede dejar de faltar es la acción de ser. Somos porque hacemos algo específico que nos identifica como eso que somos.

Pero esta acción no es solitaria, no es individual. El mecánico es mecánico porque acciona sobre objetos destinatarios de su hacer, y puede serlo solo. En el caso de la docencia, la acción es colectiva, necesita de otros. Estos son otros docentes y otros alumnos. Me pueden faltar todas las condiciones materiales, pero no puede faltarme el compañero, ya sea alumno o maestro, y con esto no quiero decir que debamos trabajar en condiciones indignas (sin agua, sin higiene sin luz, etc, como pasa hoy en muchas de nuestras escuelas), sino que quiero poner el acento en algo más allá de lo material, en su trascendencia, pero sin negarle su valor.

Cuando estoy en un lugar y puedo decir este es “mi lugar”, es porque en primer lugar he construído una relación de afectos en el mismo. Es imposible sentir que algo es mío si no lo quiero, si no afecta mi interioridad, si no me siento modificado y si no modifico a la vez. Esto surge de querer al otro y de querer lo que se hace, y al quererlos siento que pertenezco al lugar donde el otro está y donde hago. Este querer, en su dimensión afectiva, es fundamental para el desarrollo de nuestra acción, si no hay afecto, no hay compromiso. Nos vemos urgidos por la necesidad de querer y de ser queridos, y esto no va en desmedro de nuestra profesionalidad, es más, le pone un condimento distinto porque hace abandono necesario de la impersonalidad, buscando identificarnos entre nosotros.

Cuando quiero a estos dos, ellos también me van a querer, y ese lugar (espacio y entorno), me va a sentir como propio, yo también le pertenezco. Es ahí donde se realiza la doble direccionalidad de la pertenencia. Es mi espacio, y soy de ese espacio. Ese lugar no es lo que es si yo falto, si no estoy va a ser distinto, si no está alguno de los otros, va a ser distinto, va a tener otra identidad porque faltará o variará algo en su entorno. Voy en contra de aquel discurso que dice que nadie es imprescindible, que si alguien falta el trabajo se hace igual. Evidentemente no se dejará de enseñar, pero se hará de manera distinta. Por algo la movilidad del cuerpo docente no permite muchas veces que los proyectos institucionales lleguen a cristalizarse.

Es por eso que digo que me pertenece y pertenezco. Pero más acertado es si digo que nos pertenece y pertenecemos. Se viene escuchando una corriente muy fuerte que habla de ser juntos, y eso nos abre un panorama distinto, porque tiende a alejarnos definitivamente del individualismo. Ya no miramos lo que podemos hacer cada uno o lo que puede hacer el otro, sino lo que podemos hacer juntos, y cómo a través de hacer podemos a su vez ser juntos una identidad.

Si bien el concepto no es novedoso, vale la pena tenerlo en claro cada vez que pisamos el aula, cada vez que entro a ese mi lugar, para pensarlo como nuestro lugar, de alumnos y maestros, y no digo de sólo un maestro. La circularidad en las escuelas, es otro concepto a descubrir. Pero eso lo dejo para otro momento.

lunes, 29 de noviembre de 2010

LA NEGACIÓN COMO PRÁCTICA

Cuando llegué a la escuela donde hoy trabajo, mi mundo de expectativas estaba repleto de cuestiones positivas. Lo primero que me sucedió fue un alto desarrollo del sentido de pertenencia. Al titularizar en este cargo, tomé conciencia de que ya me encontraba en mi lugar.
Este lugar, al que hoy siento como propio, y que me siente como propio (concepto que desarrollaré en otro momento para que se entienda mejor), está lleno de otros, que a su vez me constituyen. Soy en la medidas que los otros son, soy si somos.
En este contexto, y a los pocos días de llegar, se produjo un hecho en la ciudad, en la zona céntrica, y que tiene directa relación con mi labor como docente en el quinto grado de la escuela Gaucho Rivero.
Los medios de comunicación reflejaron un acontecimiento que tuvo como protagonista a un equino, el cual, agobiado por el peso del trabajo a que era sometido, perdió sus fuerzas y cayó en la vía pública, frente al Banco Nación sucursal Paraná, frente al local Mc Donalds, frente a Live Rock, frente a la Plaza de Mayo, a escasos metros de la Peatonal San Martín, o sea en el centro económico y social de nuestra ciudad (para que lo entienda el que no es de acá).
La sociedad civil se solidarizó inmediatamente con la situación de este pobre jamelgo, el cual estaba mal alimentado y sobre exigido, el cual era utilizado para tirar un carro cargado con el producto de la actividad del cirujeo. La Sociedad Protectora de Animales tramitó inmediatamente el secuestro del animal a sus dueños, que poco lo cuidaban y que mucho lo explotaban, el mismo fue derivado a una dependencia policial en zona semi-rural, con el fin de ser cuidado y protegido de la explotación, fue atendido por el veterinario oficial de la policía, fue curado y abrigado, fue dulcemente amado, fue visto por todos nosotros, y todos nosotros tomamos conciencia de su triste existencia, la cual nos fue mostrada responsablemente por el noticiero local y comentada por panelistas de uno de los programas de información general en uno de nuestros canales de televisión.
Mucha gente que conozco, mostró su conformidad con el procedimiento adoptado por el estado, a instancia de un organización sin fines de lucro y que se encuentra abocada a la protección de estos pobres compañeros nuestros, los animales. Sociedad Protectora de Animales, Policía, Municipio, todos trabajaron en función de uno: el caballo.
Mientras miraba la crónica del hecho, me pareció ver a alguien conocido, que andaba en el lugar de los acontecimientos (suceso para mí), me pareció ver a Enzo. Mi alumno desde hacía unos días (digo “mi” por ese sentido de pertenencia que describí más arriba). Cuando concurrí a la escuela, no hizo falta preguntar si había visto bien, sus compañeros inmediatamente me pusieron al corriente de que efectivamente había “participado” de la desgracia acontecida en la tardecita paranaense.
Y me surgieron preguntas, muchas, pero sobre todo una: ¿quién era realmente el protagonista en la noticia? Y me di cuenta de que nadie había preguntado quién manejaba el carro tirado por, vuelvo a repetir, el pobre y sufrido animal. Yo me enteré de que era Enzo, un niño de doce años, un niño, repito, un niño. ¿Qué estaba haciendo en un carro? Respuesta que es clara y sencilla, trabajando.
Y recuerdo que ese día hacía frío, y que él estaba ataviado con un buzo con capucha y con un par de zapatillas sin medias, tal como había ido a la escuela. En esas condiciones se encontraba cirujeando, recorriendo la ciudad, más específicamente el centro de la ciudad, buscando y hurgando entre lo que los demás tiramos (basura) algo que pudiera servirle para cambiar por dinero para poder subsistir.
Otras preguntas entonces: ¿Quién estaba siendo sobre-explotado? ¿Quién sufría más? ¿Por qué Enzo no fue mostrado? ¿Quién lo protegió? ¿Quién lo cuida? ¿Quién dulcemente lo ama?
Enzo fue negado, su existencia fue tapada por la existencia de otro que ni siquiera comparte su humanidad, la miseria, el dolor, el trabajo infantil, la ausencia de familia protectora, la ausencia de asistencia, la incompetencia de los órganos de protección del niño, la declaración universal de los derechos del niño, todo fue negado, nada de eso existe.
Nadie levantó su voz para que se escuche una protesta airada a favor de Enzo, ningún medio prendió sus cámaras o abrió sus micrófonos para que se lo vea o se lo escuche.
Cuando expuse este caso y lo que me provocó en el Profesorado de EGB, invitado por una profesora del mismo, no pude evitar la emoción al recordarlo y pensar en lo que mi alumno pudo llegar a sentir, en todo el dolor que transita por esta situación, y cuando una alumna me preguntó por qué me emocionaba, concluí en que si pierdo la posibilidad de sentir, pierdo la posibilidad de cambiar algo, de actuar sobre la realidad. Si no siento nada, no puedo hacer nada. Lo peor que nos puede pasar es naturalizarlo.
Todo esto, como dije al principio de mi relato, tiene incidencia sobre mis prácticas, ya que veo la necesidad de convertirme en vocero de Enzo, primero ante él mismo. Es el primero que debe tener conciencia de su propia existencia, que va camino hacia la desesperanza.
Mis prácticas deben ser una lucha contra la práctica de la negación. Skliar dice: “nos resistimos a la diferencia y nos queremos preparar para domesticarla”, y lo que narré es un ejemplo de esto, Enzo es diferente, y como no vamos a poder domesticarlo porque sus posibilidades no se lo permiten, entonces lo negamos.
Es más fácil no ver, tapar, que hacer algo. Y yo estoy, junto con otros, listo para ver, para hacer algo. Luego podemos ponernos de acuerdo sobre el cómo, cuándo y dónde, pero si tomamos conciencia de que esta negación es parte de nuestra realidad, estamos en el camino correcto. Cuando Jean Paul Sartré hizo su primera editorial para la revista Tiempos Modernos, escribió “es tan importante lo que se dice como lo que no se dice”, y en nuestro caso nada es más obvio.

OSCAR FERNANDO GAUNA